
En el ano 2006 tenia aproximadamente 14 anos cuando descubri una banda nueva en Myspace, me llamo la atencion la foto de perfil pero lo que mas me llamo la atencion fue al darle play a la cancion en su perfil, “Alice practice” me cautivaron instantaneamente. Nunca habia escuchado algo tan diferente y caotico, los sonidos 8-bits me recordaban a los juegos de super mario, mientras las letras profundas y en veces los gritos de alice glass cargados de mucho sentimineto. Crystal castles se convirtio en una de mis bandas favoritas, incluso portaba la camiseta de la banda y su primero disco lo encargue de una pagina web del reino unido, de ahi tuvieron un fan. En un tiempo cuando la música electrónica empezaba a popularizarse en sus formas más brillantes, pulidas y comerciales, surgió una fuerza distinta desde Toronto, Crystal Castles, fue formada por Ethan Kath y la vocalista Alice Glass. Fue un estallido disruptivo: canciones hechas para sobrevivir al ruido cultural, no para encajar en él. Kath, obsesionado con texturas sonoras corrosivas y circuitos fracturados, y Glass, con su voz instintiva e indomable, crearon algo que truncaba la suavidad del pop electrónico y la transformaba en algo visceral, cargado de energía y emoción.

Esa chispa apareció con Alice Practice, una demo accidentada que circuló en internet y desató una ola de interés. Su disco debut homónimo (2008) no era un disco de baile convencional; era una tormenta de “sintetizadores corruptos“, loops glitch, melodías kaleidoscópicas y voces distorsionadas, al punto de ser casi irreconocibles. Kath, quien creó muchos sonidos usando un Atari 5200 modificado, resumió la intención: quería “hacer los sonidos más molestos para que Glass gritara sobre ellos”. Así llegaron himnos como “Crimewave”, “Untrust Us” y “Alice Practice”, que rompieron esquemas. Eran canciones construidas sobre disonancia, fragmentación estética y breves ráfagas de energía lo-fi que dejaron huella en quienes buscaban algo más que melodías limpias.
Para su segundo álbum, Crystal Castles (II) (2010), la electrónica hiriente adoptó sofisticación emocional. Temas como “Celestica”, “Empathy” o “Baptism” equilibraron melancolía y tensión sonora. Kath incluso grabó fragmentos en lugares extremos: una iglesia sin calefacción en Islandia, una cabaña en Ontario, un garaje en Detroit, lugares que aportaban frío o crudeza atmosférica al sonido. La crítica destacó cómo este disco mejoró considerablemente el debut, ofreciendo coherencia sonora, mayor rango dinámico y profundidad emocional sin renunciar al filo.
Con III (2012), Crystal Castles se volvió más oscuro y urgente. La temática se tornó política, distópica, y en las atmósferas sonaban pesadez existencial, opresión y distorsión emocional. Canciones como “Plague”, “Sad Eyes” y “Violent Youth” reflejaban una madurez inesperada para una banda de su nicho; lograron combinar la densidad emocional con accesibilidad rítmica.
Alice Glass era, para muchos, el corazón performático del dúo. En el estudio sus letras, aunque alteradas, transmitían fuerza; en vivo, su presencia era catártica. Su voz, fluctuando entre gritos, susurros y distorsión extrema, era una extensión inseparable de la experiencia sonora. Como escribía un fan: “Alice era el show vivo… su energía desataba a toda la audiencia… ella era el ícono visual de la banda”.

En 2014, Glass abandonó el grupo. Poco después, Amnesty (I) (2016) emergió con la vocalista Edith Frances. El disco, aunque eléctricamente coherente, carecía del fuego emocional que Glass había aportado. Musicalmente sólido, fue percibido como un producto clínico, frío.
La verdadera fractura llegó en 2017, cuando Alice acusó públicamente a Ethan Kath de abuso físico, emocional y sexual, que se remontaba a cuando ella tenía apenas 15 años. Las acusaciones revelaron que la oscuridad artística tenía correspondencia con un sufrimiento real. Kath negó todo y presentó una demanda por difamación, que fue desestimada; Glass fue respaldada legalmente, y se supo que otras mujeres presentaron denuncias similares. Crystal Castles desapareció: sin conciertos, sin redes activas, ningún proyecto nuevo.
Alice continuó su camino artístico en solitario. Su EP de 2017 marcó un regreso con poder. Pero fue el álbum PREY//IV (2022) el que redefinió su identidad artística y narrativa. Producido por Jupiter Keyes (ex-HEALTH), el disco fusiona electrónica industrial, avant-pop, y beats frenéticos, creando un espacio donde Glass podía “bailar estando triste”.

Temas como “Stillbirth” tocaron el dolor con furia cruda. En ellos, Glass confronta el abuso con valentía, reclamando su voz. Canciones como “Fair Game”, construidas con frases que supuestamente fueron usadas por su abusador para manipularna, son manifestaciones sombrías y catárticas. El álbum entero suena como una liberación intensa, dando lugar a vocales que ya no están enterradas en distorsión, sino al frente del mensaje emocional.
En retrospectiva, Crystal Castles fue un proyecto artístico pionero que expandió los límites de la electrónica oscura. Influenció géneros como el witch house, el darkwave moderno, y dejó una huella innegable en la escena alternativa. Pero también es un recordatorio de que el arte puede enmascarar dolor real… y que la verdad puede desmantelar lo que parecía inquebrantable.
Hoy, el legado de Crystal Castles vive en los beats distorsionados que inspiraron a una generación, y en la voz liberada de Alice Glass, que transformó su historia en música terapéutica, visceral y desafiante.

